Quizás nunca se habló tanto de las emociones, las pasiones, el placer y el bienestar como en los últimos años cuando estos temas han sido transversalmente tratados en casi todas las disciplinas de las ciencias sociales, muy especialmente a lo que quiero referirme y es la relación de las emociones y la razón con el poder.
La investigadora catalana, filósofa y profesora de la Universidad de Barcelona, Victoria Camps, en su libro «El gobierno de las emociones» inicia con una frase contundente: No basta conocer el bien, hay que desearlo. No basta conocer el mal, hay que despreciarlo. Es precisamente esta entrada a su lectura, la que me inspira a hablar del tema.
Las emociones, han tomado protagonismo y eso nos ha permitido discernir y entender mejor algunas variables del poder, cuando podemos identificar cuál o cuáles son esas emociones que se trabajan, para el bien o para el mal.
El lenguaje es el mejor conductor para hacer llegar estas emociones, por ello los discursos de los populistas tienen este componente sentimental que lo adereza y desde allí llegan a profundizar en el miedo, por un lado, y la esperanza, por el otro.
El miedo es una emoción paralizante, nos impide ver con claridad y aunque en algunos casos nos impulse a actuar, produce pesar y tristeza, por ello esta emoción aparece en estos discursos, porque la mayoría de las veces el trabajo del populista, es evitar la razón para lograr ese objetivo «paralizador» que se persigue, porque es una emoción que históricamente ha demostrado la debilidad humana, de esta manera se consigue movilizar masas zoombies. No en vano decía Cicerón: «El miedo expulsa de mi ánimo toda sabiduría»
El miedo trabajado de manera sistemática, diseñado desde un gobierno, no tiene otro objetivo que mantener a sus ciudadanos lejos de lograr la libertad.
Luego, tenemos las píldoras de la esperanza, aquellas frases hechas con mucha algarabía que apuntan a un futuro «de ficción» que nunca llega. Esas frases siempre están presentes en el imaginario colectivo, se repiten y forman parte del discurso, de la cotidianidad, hasta del malestar, pero vuelven nuevamente a aparecer cuando se trata de crear un nuevo sendero que nunca podremos transitar.
Es importante reconocer las emociones en el discurso, «la educación sentimental» la llama Victoria Camps, y la defino como una ética vinculada a los valores, mucho más a la educación que a ciertos códigos de conducta, pero para llegar allí debemos formarnos y lograr un equilibrio emocional capaz de reconocer esos discursos manipuladores, por lo cual una educación sistémica, transversal a la familia desde el estado, le correspondería formar a estos individuos. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Es el dispensador de estos discursos quién va a formar a los ciudadanos? ¿Será la escuela, la familia, el propio individuo? Será una amplia discusión, mientras tanto cada institución, comenzando por la familia tendrá que comenzar con esta educación, porque no vale solo reconocer el bien, sino atreverse a despreciar el mal.